Me quedé un momento más en el pasillo, observando cómo Lukas y Lily se acomodaban en mi casa — o nuestra casa, aunque de pronto aquella palabra ya no significaba nada. Lily caminaba con seguridad por las habitaciones, evaluándolo todo con una mirada crítica, como si todo le perteneciera desde hacía años. Lukas la seguía sumiso, entregándole bolsas, abriendo cajones, enseñándole dónde estaba cada cosa, como un hombre que intenta ganarse el favor de su nueva dueña.
Yo me retiré al cuarto pequeño, tal como me habían pedido. Miré mi nueva “cama”: el sofá bajo, algo hundido en el centro, reservado antes para las visitas. Ahora la visitante era yo. En mi propia casa.
Me senté en el borde del sofá y me quedé así, quieta, varios minutos. Poco a poco las voces de ellos se fueron apagando y, de pronto, estalló en el salón la risa aguda de Lily — tan estridente y metálica que parecía arañar las paredes.
— Anna — llamó Lukas —, ¿puedes hacernos un té? Lily quiere verde, sin azúcar.
Parpadeé despacio. Quería sonar como una petición, pero el tono… El tono era el de alguien acostumbrado a ser servido.
— Claro — respondí.
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