Marianne se quedó inmóvil unos segundos, con los labios apretados en una línea temblorosa. Parecía buscar aire, como si hubiera recibido un golpe —no físico, sino uno dirigido a su orgullo, tan profundo que le costaba tragarlo. Sus ojos saltaron de Emma al notario, y luego volvieron a Emma, como si buscara desesperadamente una grieta donde atacar.
— No puedes quedarte aquí, murmuró al fin, aunque por primera vez su voz temblaba. Este es el hogar de mi hijo. Es mío. Yo… no puedo compartirlo contigo.
Emma no reaccionó en apariencia. Se sentó despacio en una silla, mientras el notario, visiblemente incómodo, guardaba los papeles en su carpeta. Pero no se iba; parecía entender que dejar solas a las dos mujeres en ese momento sería imprudente.
— No te pido que compartas nada conmigo, Marianne —respondió Emma, con un tono suave y estable—. Solo te pido que respetes la ley. Y los hechos. Viví aquí con Lukas. Invertí años y dinero en este lugar. Tengo derecho a quedarme hasta que un juez decida.
— ¡Los jueces no saben nada de la familia! explotó Marianne. ¡No saben lo que es perder a un hijo único!
Emma levantó la mirada. En su voz ya no había solo calma, sino también un dolor latente.
— ¿Crees que yo no lo perdí?
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
