La continuación de la historia

Marianne abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió. Entre ambas se instaló un silencio pesado, sofocante. Las dos conocían la pérdida, pero cada una estaba convencida de que la suya era más legítima.

— Yo… yo solo quiero lo que es justo —susurró Marianne. Pero su idea de justicia estaba levantada sobre miedo, ira y un deseo ansioso de poseer.

— ¿Justo? repitió Emma con amargura. Si realmente hubiera querido dejarte todo, ¿no crees que habría hablado conmigo? ¿Que me habría dicho algo? Ese testamento fue un impulso. Un arrebato. No una decisión madura.

Marianne cerró los ojos con fuerza, como si quisiera borrar la imagen de Lukas —joven, frustrado, dolido— firmando un papel sin pensar en las consecuencias. El notario carraspeó suavemente:

— Debe saber, señora Marianne, que los testamentos firmados en un contexto emocional tenso suelen ser impugnables. Más aún con pruebas económicas tan claras como las de la señora Emma.

— ¡No permitiré eso! gritó Marianne, pero su voz ya no sonaba fuerte; sonaba rota. Este lugar… es lo único que me queda de él…

Emma apretó las manos contra las piernas para mantenerlas firmes. Podría haber gritado. Podría haber vomitado tres años de silencio, rechazo y dolor acumulado. Pero inspiró profundamente. La calma había sido su única defensa durante todo ese tiempo.

— Lo que nos queda de él son los recuerdos —no estas paredes— dijo en voz baja. Y tú lo sabes.

Marianne se volvió bruscamente hacia la ventana. Miró hacia la calle sin realmente verla. Cuando se dio la vuelta, sus ojos estaban húmedos.

— Si te quedas… lo veré en todas partes. En cada esquina. En cada objeto. Cada mañana despertaré sintiendo que falta. Y tú… aquí. ¿Cómo soportarlo?

— Igual que lo he soportado yo —respondió Emma—. Tú no eres la única que perdió todo.

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