La continuación de la historia

— No podía mirarte sin dolor. Era como si tu sola presencia me recordara lo que ya no tengo. Como si me arrebataras el último pedazo de él. Pero quizás… quizás podamos encontrar otra forma. Sin destruirnos.

Emma esbozó una sonrisa triste.

— Eso intento desde hace tres años.

El silencio que siguió no fue tenso, ni frío. Fue un silencio nuevo, de dos personas que —por primera vez— empezaban a escucharse.

— Bien… —susurró Marianne—. No hoy. No ahora. Pero… hablaremos. Más tarde. Sin gritos. Sin notario.

— Cuando tú quieras —dijo Emma.

Marianne dio dos pasos hacia la puerta, pero antes de salir, se volvió lentamente:

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