Olivia entrelazaba los dedos con nerviosismo en su regazo, como si le avergonzara estar sentada en el coche de la mujer a la que años atrás había juzgado tan a la ligera. Emma encendió el motor, y el coche avanzó suavemente por la calle iluminada por farolas tempranas. En el retrovisor, Emma vio cómo Olivia se mordía el labio, buscando el valor para decir algo que, evidentemente, llevaba tiempo queriendo sacar a la luz.
— Emma… sé que no fui una buena suegra —empezó con voz baja—. Quizá incluso fui una mala.
Emma no respondió. No era necesario animarla ni frenarla; Olivia necesitaba decirlo por sí misma.
— Entonces creía que protegía a Luca, que hacía lo correcto… Ya sabes, las madres creen que lo saben todo. Pero creo que no conocía ni a mi hijo ni a ti.
Emma fijó la vista en la carretera. Los faros abrían un camino cálido en el asfalto mojado, mientras una lluvia fina empezaba a repiquetear contra el parabrisas.
— No tiene sentido volver al pasado —dijo con calma—. Cada uno actúa como puede en su momento.
— Pero a veces una se equivoca —continuó Olivia apresuradamente—. Y hace daño. Y cuando te das cuenta… ya es tarde.
Por primera vez, Emma sintió un leve pinchazo de compasión. No por lo que había vivido, sino por la mujer que tenía al lado: más pequeña, más frágil que en su recuerdo, desgastada por los años y las decepciones. La dureza antigua había desaparecido de su rostro.
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