La continuación de la historia

Emma no necesitaba su aprobación. Ni explicaciones. Ni venganza.

Tenía su propia vida. Su propio hogar. Su propia paz.

Cuando su teléfono vibró —un mensaje de un cliente, una propuesta importante— Emma sonrió ampliamente. La vida volvía a abrirle puertas.

Y mientras entraba en el aparcamiento, pensó en algo que antes habría considerado imposible:

No solo estoy bien.

Soy feliz.

Y nadie puede quitarme eso.

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