El teléfono vibró.
Retiro fallido. El importe supera el límite diario.
Un minuto después, otra vez.
Luego, una notificación más.
Emma sonrió por primera vez esa mañana.
Segundos después, el teléfono empezó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de Lucas.
— ¡¿Qué has hecho?! —estalló sin saludar—. ¡Mi madre está en el cajero y no puede sacar el dinero! Dice que aparece un mensaje extraño.
— ¿Qué mensaje? —preguntó Emma con calma, dando un sorbo al té.
— ¡Que el importe supera el límite! ¿Qué límite, Emma? ¡No había ningún límite!
— Ahora sí lo hay.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio.
— ¿Tocaste la cuenta? —preguntó finalmente, más bajo.
— Sí, Lucas. Esta mañana. Después de que te quedaras dormido.
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