— Tuviste cuatro años para ser mi marido. Elegiste ser cómplice de un robo. Nuestra conversación ha terminado.
Colgó.
En la cafetería reinaba el silencio. Afuera, la madre de Lucas gesticulaba nerviosa al teléfono y luego se marchó apresurada.
Emma se quedó sentada unos instantes más, luego se levantó. El sol se reflejaba en los escaparates, la ciudad seguía su ritmo habitual. Por primera vez, Emma sintió que realmente respiraba.
Por la noche, cuando entró en el apartamento, Lucas no estaba. Sobre la mesa solo había una nota escrita a toda prisa: “Tenemos que hablar”.
Emma la rompió y la tiró a la basura.
Abrió el portátil, confirmó la cita con el abogado y empezó a preparar una maleta para unos días. No huía. Se iba de forma consciente.
El teléfono vibró una vez más. Un último mensaje del banco:
Límite diario utilizado: 10 €.
Emma sonrió, apagó la luz y cerró la puerta tras ella.
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