La criada tiñó en secreto una olla de arroz barato de amarillo y la llamó “arroz dorado” para que los cuatro niños se sintieran como príncipes… Pero el día que el multimillonario llegó temprano a casa y lo vio, se congeló, porque los niños se parecían exactamente a él, y ese “arroz dorado” era el secreto que los mantenía con vida.

Sus ojos seguían la cuchara como si fuera lo más preciado del mundo. La comida no era lujosa —solo arroz amarillo sencillo—, pero los chicos la miraban como si fuera oro.

Elena murmuró suavemente: «Abrid bien, pajaritos».
Luego, con dulzura: «Comed despacio. Hoy hay para todos».

Llevaba guantes de limpieza de color amarillo brillante (manos destinadas a fregar pisos), pero los usaba con una ternura tan maternal que a Alejandro se le hizo un nudo en la garganta.

EL CHOQUE DEL RECONOCIMIENTO
Alejandro debería haber irrumpido, exigido respuestas y echado a todos.
Pero no pudo moverse.

Los perfiles de los chicos —uno se giró para reír, con la luz de la lámpara iluminándole el rostro— impactaron a Alejandro como un espejo deformado por el tiempo. La nariz. La sonrisa. La expresión. La familiaridad era aterradora.

La mansión era una fortaleza. Nadie entraba sin permiso. Sin embargo, allí estaban cuatro niños comiendo en su mesa como reyes ocultos: vivos, reales, riendo suavemente en una casa que había permanecido en silencio durante años.

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