La criada tiñó en secreto una olla de arroz barato de amarillo y la llamó “arroz dorado” para que los cuatro niños se sintieran como príncipes… Pero el día que el multimillonario llegó temprano a casa y lo vio, se congeló, porque los niños se parecían exactamente a él, y ese “arroz dorado” era el secreto que los mantenía con vida.

ELENA LO VE PRIMERO
El leve crujido de los zapatos italianos de Alejandro no fue nada... pero Elena reaccionó como un rayo. Se giró, palideciendo.

Los chicos percibieron su miedo de inmediato y miraron hacia la puerta al unísono.

Alejandro no podía respirar. De cerca, el parecido no era «similar».
Era idéntico.

“¿QUIÉNES SON ESTOS NIÑOS?”
Elena saltó, colocándose instintivamente frente a los chicos con los brazos abiertos, protectora y feroz.

Alejandro avanzó, la rabia reemplazando la conmoción. Su voz estremeció la sala:
"¿Qué significa esto, Elena?"

Los chicos se agruparon detrás de ella, temblando. La voz de Elena también temblaba, pero se mantuvo firme:
«No son desconocidos, señor».

Alejandro preguntó: "¿De quién son hijos? ¿Son tuyos?"
Elena intentó una mentira débil: "Mis sobrinos".

La mirada de Alejandro se posó en las camisas de los chicos. Una llevaba un estampado que Alejandro reconoció de la ropa que había tirado.
Preguntó con frialdad: "¿Por qué llevan mi ropa vieja?".

LA MARCA DE NACIMIENTO
Alejandro extendió la mano para agarrar al chico más valiente. Elena le advirtió en voz baja y seca: «No los toques».
Pero Alejandro la ignoró.

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