Y entonces lo vio: una marca de nacimiento en el antebrazo del niño, justo donde Alejandro tenía la suya. Una marca heredada de su familia.
Sus rodillas casi cedieron. Examinó los rostros de los otros chicos, sus rasgos, sus expresiones. La verdad lo oprimió como un muro.
Alejandro susurró con voz ronca: «Mírame, Elena. Dime la verdad».
Uno de los chicos señaló a Alejandro con inocente seguridad:
“Te pareces a la foto”.
Alejandro se quedó quieto. "¿Qué foto?"
El niño respondió alegremente, sin percatarse del terremoto que había provocado:
«La foto que Elena nos muestra antes de dormir. Dice que estás bien... solo ocupado».
Entonces el niño hizo la pregunta que rompió la sala:
“¿Eres mi papá?”
“SÍ. SON TUS HIJOS.”
El rostro de Elena se llenó de lágrimas. Asintió lentamente.
«Sí, señor», susurró. «Son sus hijos... los cuatro».
Alejandro se tambaleó hacia atrás, la negación se transformó en furia y dolor.
"Eso es imposible", dijo con voz entrecortada. "Los enterré. Tengo certificados de defunción. Tengo tumbas".
La voz de Elena tembló: “Te estoy diciendo lo que es real”.
Luego sacó un relicario desgastado de debajo de su uniforme.
«Si no me creen... crean esto».
Alejandro lo reconoció al instante: era de Lucía. Una pieza única de Italia. Dentro había una foto diminuta de él y Lucía, sonriendo. En el reverso, grabado:
«Por mis cuatro milagros».
Las piernas de Alejandro finalmente cedieron. Cayó de rodillas con su traje caro, mirando a los chicos como si estuviera viendo la vida regresar a un lugar que había enterrado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
