La criada tiñó en secreto una olla de arroz barato de amarillo y la llamó “arroz dorado” para que los cuatro niños se sintieran como príncipes… Pero el día que el multimillonario llegó temprano a casa y lo vio, se congeló, porque los niños se parecían exactamente a él, y ese “arroz dorado” era el secreto que los mantenía con vida.

La confesión de Elena salió como un susurro:
«Me quedé… porque vi tu dolor. Y porque te amé, mucho antes de encontrarlos».

UN AÑO DESPUÉS: REGRESA EL “ARROZ DORADO”
Un año después, la mansión ya no era una tumba. Era ruidosa. Desordenada. Viviente. Los chicos corrían por el jardín, más fuertes, riendo libremente; sin miedo en sus cuerpos.

Elena sacó un tazón humeante de arroz amarillo brillante y los niños gritaron juntos:
"¡Arroz dorado!"

Alejandro besó la mejilla de Elena y preguntó suavemente: "¿Por qué arroz hoy?".
Elena sonrió: "Lo pidieron. Para que nunca se les olvide".

En la mesa, Alejandro levantó su copa:
“Por Elena… quien me enseñó que el verdadero oro no está en el banco”.

La familia comió, rió y la mansión finalmente se convirtió en lo que el dinero nunca podría comprar por sí solo:
un hogar.

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