Justo antes de Año Nuevo, Irina volvió a llamar.
"Olga", su voz era cautelosa. "Escucha... A Vitalik le encanta la idea de los regalos hechos en casa. Como un 'juego de granja'. Miel, mermelada, pepinos...".
Dudó.
"Le dije enseguida que si pasa algo, solo es con cita previa".
Me quedé en silencio un par de segundos. "Ira", dije con calma, "ya no hago las cosas 'por gusto'. Si es un proyecto, es trabajo. Si es para mí, es otra cosa". "Entiendo", respondió rápidamente. "Solo... quería preguntar".
Ese "pedir" era más importante que cualquier cantidad de dinero.
"Hagámoslo así", sugerí. "Si decides hacerlo, nos sentamos a contar. Como adultos".
"De acuerdo", dijo. "Gracias por no restarle importancia".
Cuando el respeto se convierte en hábito
En la primavera del año siguiente, me sorprendí pensando de forma extraña:
Ya no pensaba en ese doloroso conflicto.
Se convirtió en un punto de inflexión. No fue una pelea, sino el momento en que me elegí a mí misma por primera vez, sin gritos, sin ultimátums.
Irina a veces ayudaba:
—enviaba dinero por adelantado,
—traía las chapas ella misma,
—no se ofendía si me negaba. Y una vez dijo algo que me hizo reflexionar:
—Solía pensar que solo te gustaba trastear. Pero resulta que has pasado por mucho.
Asentí. "No preguntaste".
Nos sonreímos, sin la tensión anterior.
Lo más importante
En verano, volví a estar en la puerta. Pero ahora, con un vestido ligero, sin prisas.
Los pepinos crecían justo lo que necesitaban.
Conservar: un placer, no una tarea.
Y lo sabía con certeza:
si alguien alguna vez quería volver a subirse a un coche con aire acondicionado y reservar mi hora,
simplemente pondría un precio.
No por despecho.
Por respeto.
Por mí misma.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
