Pasaron otros dos años.
Las historias sobre pepinos se habían convertido desde hacía tiempo en cuentos familiares, recordados sin esfuerzo, casi con una sonrisa. A veces, en la mesa, alguien decía:
"¿Recuerdas cómo presentaste la cuenta aquella vez?".
Y todos reían. Incluso Irina.
Mucho había cambiado en ese tiempo. No en voz alta, sino con sinceridad. Cuando todo encaja.
Irina y Vitalik vendieron su apartamento, hicieron una mala inversión y, por primera vez en mucho tiempo, se encontraron en una situación desfavorable. No fue una tragedia, sino una pérdida considerable. Y en ese momento, Ira vino a mí, no por las latas.
"¿Podemos sentarnos?", preguntó en la puerta.
Estábamos sentados en la terraza, tomando té. Habló con sinceridad, sin quejas, sin su habitual superioridad.
"¿Sabes?", dijo de repente, "en aquel entonces, con esa factura... fue desagradable. Pero fue la primera vez que alguien me habló como una adulta".
La miré y me di cuenta: ella realmente lo entendía.
"Entonces me di cuenta", continuó Ira, "de que la gente conveniente no es débil. Son personas que no tienen límites durante mucho tiempo".
Asentí.
El círculo se había cerrado.
Ese verano, solo cerré unas pocas latas. No quería más. Yo mismo le di a Irina un frasco de lecho. Así sin más. Lo tomó con cuidado, como si fuera algo frágil.
"Gracias", dijo. "Sé cuánto cuesta".
Y ya no se trataba del dinero.
El toque final
Una noche, Sergey dijo:
"Pero si te hubieras callado entonces, todo habría sido igual".
Lo pensé.
"Sí. Y habría sido mucho más difícil para mí que para ellos entonces".
Nos sentamos en silencio, escuchando el canto de los grillos afuera.
A veces, una sola llamada sincera puede más que cien conversaciones sinceras.
Ya no tenía miedo de ser inoportuna.
Porque a partir de ese momento,
mi vida se volvió realmente mía.
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