En aquellos primeros años después del divorcio, cuando el dolor todavía la acompañaba de cerca, ayudar a otros le dio una razón para levantarse cada mañana. Donaba lo que podía, a veces poco, a veces más, pero siempre con la convicción de que su vida no estaba vacía. Cada transferencia, cada colaboración era una forma de afirmar que aún tenía algo valioso que ofrecer. El murmullo del salón disminuyó cuando la organizadora anunció que antes de continuar con la cena quería presentar a una invitada muy especial.
Clara levantó la vista sorprendida. No esperaba ningún protagonismo. Sin embargo, al escuchar su nombre, sintió como una oleada de atención se dirigió hacia ella. Durante un segundo dudó, pero luego se puso de pie. Caminó hacia el escenario con paso firme, consciente de las miradas curiosas, algunas confundidas, otras claramente sorprendidas. Santiago la observaba sin disimular su desconcierto. No entendía qué hacía Clara allí arriba, bajo las luces con un micrófono en la mano. Ella respiró hondo antes de hablar.
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