No había preparado un discurso elaborado. No lo necesitaba. Agradeció la invitación con palabras sencillas y reconoció el trabajo de la fundación. Luego, con una honestidad que cortó el aire del salón, dijo que durante muchos años había creído que su valor como mujer dependía de algo que no había podido dar. No mencionaron nombres ni culpas, pero el mensaje fue claro. Explicó que el dolor la había llevado a replantearse que significaba realmente dejar huella en el mundo. Mientras hablaba, algunos invitados bajaron la mirada, otros escuchaban con atención genuina.
Santiago permanecía inmóvil con una expresión que mezclaba sorpresa y una incomodidad difícil de ocultar. Clara no hablaba desde el resentimiento, sino desde una verdad conquistada a pulso. Entonces hizo una pausa breve y sonriendo. Dijo que aquella noche no solo estaba allí como colaboradora de la fundación, sino como alguien profundamente agradecida por las segundas oportunidades que la vida ofrece, incluso cuando llegan de formas inesperadas. que quería anunciar el mérito de su aporte con dos personas muy importantes para ella.
Se giró ligeramente y miró hacia el fondo del salón. Dos jóvenes se pusieron de pie casi al mismo tiempo. Un muchacho alto de mirada tranquila y una chica de gesto dulce pero firme caminaban con seguridad, aunque se notaba en sus ojos una emoción contenida. Cuando llegaron al escenario, Clara los recibió con una sonrisa que transformó por completo su rostro. Ellos son Mateo y Lucía”, dijo con orgullo. Un murmullo recorrió la sala. Nadie entendía del todo. Clara continuó con la voz estable cargada de sentimiento.
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