Clara bajó del escenario acompañada de sus hijos, sin buscar miradas específicas. No necesitaba aprobación. Ya había dicho lo que debía decir y el giro inesperado no estaba en las palabras, sino en la vida que había construido en silencio. El ambiente del salón no volvió a ser el mismo después de aquel aplauso. Aunque la música retomó su curso y los camareros continuaron sirviendo café y postres, algo se había desplazado en el centro invisible de la noche. Clara regresó a su mesa acompañada de Mateo y Lucía y por primera vez desde que llegó se le permitió relajarse del todo.
reían en voz baja, comentando detalles sin importancia, como cualquier familia que comparte una complicidad natural. No había dramatismo en ellos, solo una calma ganada con los años. Santiago los observaba desde la distancia. La imagen se le imponía con una fuerza que no podía ignorar. Aquellos dos jóvenes no se parecían a clara en los rasgos, pero si en la serenidad de los gestos, en la forma atenta de escuchar, en la seguridad discreta con la que se movían. comprendió quizás demasiado tarde que eso también era herencia, no genética, sino humana.
Reunió valor y se acercó. No sabía exactamente qué iba a decir, solo sentía la necesidad de hacerlo. Cuando llegó a la mesa, Clara levantó la vista y lo miró sin sorpresa, como si hubiera anticipado aquel momento. Mateo y Lucía se mantuvieron atentos, respetuosos, sin interrumpir. “Quería felicitarte”, dijo Santiago finalmente. Su voz sonó más baja de lo habitual. No sabía nada de esto. Clara avanzando despacio. “¿Nunca preguntaste?”, respondió sin dureza, como quien enuncia un hecho, no un reproche.
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