Miró hacia Mateo y Lucía, que conversaban entre ellos a pocos metros. Son increíbles, admitió. Se nota lo que significa para ellos. Clara suena apenas. Ellos me enseñaron tanto como yo a ellos. Eso es lo que hace real a una familia. No hubo disculpas dramáticas ni intentos de reconciliación. Ambos sabían que ese tiempo había pasado. Lo que había entre ellos ahora era otra cosa. Un cierre limpio, honesto, necesario. Santiago avanzando con una mezcla de respeto y nostalgia. Me alegro verte así”, dijo de verdad.
Cuando regresaron a la mesa, Mateo y Lucía se pusieron de pie. Santiago les estrechó la mano mirándolos a los ojos. No hubo condescendencia en su gesto, solo un reconocimiento sincero. Ellos respondieron con cortesía, sin necesidad de explicarse. No tenían nada que demostrar. Poco después, Clara decidió marcharse. El evento había cumplido su propósito, al menos para ella. Mientras se despedía de algunos conocidos, sintió una ligereza que no recordaba haber sentido antes. Como si al volver a ese lugar hubiera dejado allí definitivamente la versión de sí misma que un día se fue rota.
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