Sara se agarraba del soporte corazón disparado. El ala este el ala este albergaba la escuela para los hijos de los empleados. Niños. Había niños allí. Cuando avistaron el palacio, las llamas eran visibles contra el cielo oscuro, lenguas naranjas lamiendo las torres ancestrales. Una columna de humo espeso subía, oscureciendo las estrellas que momentos antes habían contemplado en paz. El movimiento era caótico, pero organizado. Bomberos trabajaban con eficiencia militar, mangueras como serpientes escupiendo agua. Empleados seguían protocolos de evacuación grabados en entrenamientos mensuales.
Idris frenó en seco y empezó a coordinar esfuerzos inmediatamente, su voz de mando cortando el pánico como cuchillo. Salma encontró a Sara, su rostro normalmente sereno marcado por tensión profunda. Los niños, algunos todavía están en la escuela. Los bomberos no pueden llegar. El corredor está bloqueado por escombros del techo colapsado. Zara sintió algo cristalizar dentro de ella. Determinación pura. No pensó, no calculó riesgos, solo actuó. pidió orientación rápida a un bombero cómo moverse en humo denso, donde estaba el aire más limpio, qué señales indicaban colapso inminente.
Agarró un pañuelo, lo empapó en agua de una de las fuentes del patio, se lo amarró sobre nariz y boca y corrió hacia el ala este antes de que alguien pudiera detenerla. Detrás escuchó a Idris gritando su nombre, pero sus piernas ya la llevaban. Tenía que ayudar. Tenía que intentarlo. El ambiente era sofocante. El calor la golpeó como pared física que casi la hizo retroceder. Cada respiración quemaba en su garganta, incluso a través del pañuelo húmedo. La visibilidad era casi nula, humo gris, enrollándose en patrones hipnóticos y peligrosos que parecían dedos intentando atraparla.
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