Idris estaba allí con el equipo de rescate, recibiendo a cada niño con brazos que temblaban de alivio visible. Su rostro estaba blanco como mármol, ojos desorbitados. Los revisaron rápidamente, tosio, asustados, pero vivos, todos vivos. Los padres corrieron desde todas direcciones, llantos de alivio mezclándose con el sonido del fuego aún rugiendo. Cuando el último niño estaba seguro en brazos de su madre, Idris miró a Sara con una expresión de emoción tan profunda que no había palabras suficientes en ningún idioma: alivio, admiración, preocupación, amor, terror residual, gratitud, todo mezclado en sus ojos de ámbar que brillaban con lágrimas no derramadas.
“Pensé que te perdía”, susurró con voz quebrada. Cuando te vi entrar, pensé que te perdía. Sara sintió un cansancio súbito golpearla como ola gigante. Sus piernas cedieron sin aviso, pero Idris la atrapó antes de que tocara el suelo, sosteniéndola contra su pecho mientras el mundo giraba en círculos mareantes. La guió lejos del humo hacia donde el equipo médico ya se acercaba corriendo con equipos en mano. Le dieron oxígeno a través de mascarilla que olía a plástico y esterilidad.
Revisaron signos vitales, tomaron su pulso que aún galopaba. Limpiaron ollin de su cara con toallas húmedas que salían negras. Ella estaba exhausta. Sus pulmones dolían con cada respiración, pero estaba bien. Solo veía a los niños salvos y seguros, siendo abrazados por padres que habían corrido desde todas partes del palacio. Valió cada momento, cada segundo de miedo, cada respiración que quemaba, cada pensamiento de que el techo podría colapsar. Valió todo. El fuego fue controlado cuando el amanecer pintaba el cielo de rosa y dorado como acuarela celestial.
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