Dos horas para prepararse para el momento más importante de su vida. Sara se sentó en la cama y sus manos finalmente temblaron. Por la ventana veía palmeras danzando al viento caliente. Escuchaba el murmullo distante de Yemá Elfna, la plaza principal donde la vida bullía desde tiempos sin memoriales. El encuentro sería en el jardín privado. Zara bajó las escaleras de cedro tallado, nerviosa. El vestido turquesa que Salma había conseguido la hacía sentirse como una niña disfrazada para una obra de teatro.
El jardín era un oasis secreto lleno de flores exóticas que nunca había visto. Jazmín perfumando el aire, rosas, damascenas escalando muros ancestrales, bugambillas explotando en púrpura y rosa. Y allí estaba él de espaldas observando el atardecer que transformaba el cielo en oro líquido. Incluso de espaldas su presencia lo dominaba todo. Hombros anchos, postura real que no necesitaba corona. Idris se dio la vuelta y el mundo se detuvo. No era solo hermoso, era el tipo de hombre que te hace olvidar cómo respirar.
Cabello negro como la noche del desierto, ojos color ámbar que capturaban la luz, mandíbula esculpida que parecía obra de un artesano maestro. usaba un caftán blanco simple que de alguna manera realzaba su poder en lugar de disminuirlo. Pero lo que sorprendió a Sara no fue su apariencia, fue su expresión. No había desdén, no había decepción. Sonríó una sonrisa pequeña y casi tímida, completamente inesperada en un hombre tan poderoso. Entonces ocurrió el desastre. Nerviosa, Sara intentó hacer una reverencia y se olvidó de los zapatos nuevos de tacón que Salma había insistido en que usara.
Perdió el equilibrio, tropezó con un cojín decorativo bordado con hilos de oro y cayó de bruce sobre la alfombra persa de 300 años. Sus lentes volaron por los aires. El silencio fue absoluto. Quería desaparecer allí mismo, evaporarse como el agua en las dunas del Sahara. Pero Idris hizo algo imposible. Se rió. Una carcajada genuina que resonó por el jardín asustando a los pájaros en los naranjos. Después recogió los lentes con cuidado y extendió la mano. Cuando sus dedos se tocaron, Sara sintió una corriente eléctrica recorrer todo su cuerpo.
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