Todas querían ayudar, todas querían ser parte de este momento. La bañaron en agua perfumada con aceite de rosa. Le aplicaron gena en manos y pies con diseños tradicionales que contaban historias de amor y fuerza. Cada línea trazada con cuidado, cada patrón cargado de significado. El vestido era obra maestra, no el vestido recargado que Yasmín hubiera elegido. Era caftan de seda color marfil con bordados de oro que capturaban la luz como constelaciones, mangas fluidas, corte que honraba tradición, pero abrazaba su cuerpo real.
Velo de encaje delicado que Salma colocó con manos temblorosas. “Mírate”, susurró una de las empleadas jóvenes ojos enormes de admiración. Sarra se miró al espejo y por primera vez en su vida realmente le gustó lo que vio. No porque fuera perfecta según estándares de revista, sino porque era ella auténtica, real, feliz. Los lentes que Idris había mandado hacer para ella descansaban perfectamente en su nariz. La pequeña cicatriz en su brazo del incendio visible, insignia de honor. “Soy suficiente”, susurró a su reflejo.
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