Sonreía, como no sonreía desde que era niño, sin responsabilidades ni coronas, solo un niño que amaba con abandono puro. En un instante robado de silencio, mientras el mundo celebraba ruidosamente alrededor, él se inclinó cerca de su oído. Gracias por elegirme”, susurró voz íntima bajo el ruido festivo. Ella se volvió tomándolo por el rostro, obligándolo a mirarla directamente. “Gracias por hacerme creer que merecía ser elegida. ” Se besaron nuevamente este beso privado en medio de multitud, este momento solo suyo.
Mucho más tarde, cuando los invitados finalmente comenzaron a retirarse con risas cansadas y despedidas prolongadas, Idris la llevó de regreso al palacio, pero no a su habitación, a un lugar especial que había preparado sin decirle. Era suite nueva en la torre más alta. No solo dormitorio, sino hogar. Biblioteca con ventanas que miraban las montañas del Atlas, balcón privado con jardín, oficina donde ella podría trabajar en sus proyectos futuros. Pensé que necesitarías tu propio espacio”, explicó casi tímido.
“Donde pueda ser simplemente Sara, donde no tengas que ser Shica todo el tiempo.” Ella lo miró con ojos llenos de lágrimas nuevas. “¿Cómo puedes ser tan perfecto?” Él se ríó. Esa carcajada genuina que tanto amaba. No soy perfecto, soy terco, a veces demasiado serio. Trabajo excesivamente. Tengo pesadillas sobre decepcionar a mi abuelo. Ella lo silenció con beso. Perfecto para mí, corrigió cuando se separaron. Eso es lo que quise decir. Los meses siguientes fueron de adaptación y descubrimientos hermosos.
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