la miró directamente. Te elegí hace semanas, Sara, antes del incendio, antes de que salvaras esos niños. Te elegí cuando tropezaste en ese cojín y te reíste de ti misma. Te elegí cuando hablabas de libros con ojos brillantes. Te elegí cuando no querías nada de mí, excepto que fuera humano. Respiró profundo. Y te seguiré eligiendo cada día por el resto de mi vida si me dejas. Sara sintió lágrimas calientes en sus mejillas, pero el consejo, el consejo responderá ante mí, y si no les gusta, encontraré nuevos consejeros.
Este es mi reino, mi vida, mi se puso de pie, ayudándola a levantarse también. Mañana, cuando expire ese ultimátum absurdo, voy a hacer algo y necesito saber, ¿estarás a mi lado? Sara miró esos ojos de Ámbar que la habían visto desde el principio, que la habían valorado cuando ella misma no podía, que habían elegido su autenticidad sobre la perfección artificial de todos los demás. “Sí”, susurró luego más fuerte. “Sí, siempre.” Él sonrió esa sonrisa que transformaba su rostro de rey a hombre enamorado.
Entonces, prepárate porque mañana voy a pedirte algo importante. El corazón de Sara latió con fuerza, sabiendo exactamente qué vendría. La mañana del tercer día amaneció clara y dorada sobre Marraquech. El palacio hervía con tensión anticipada. El consejo se había reunido temprano. Jafsa y Yasmín estaban vestidas impecablemente, confiadas en que el sentido común prevalecería. Sara se preparó con manos temblorosas. Salma ayudándola con sonrisa misteriosa. “Hoy tu vida cambia, pequeña”, murmuró la empleada mientras arreglaba su cabello. “Lo he visto en los ojos del jeque.
Hoy todo cambia.” A las 10 de la mañana, el palacio se reunió en el gran salón. No solo el consejo, sino empleados, guardias, representantes del pueblo. Idris había ordenado que fuera público, que todos presenciaran lo que estaba a punto de suceder. Zara entró con piernas temblorosas encontrando su lugar. Yasmín la miró con desdén apenas oculto. Absa sonreía con confianza venenosa. Idris entró último, su presencia llenando el salón como siempre. Se paró frente al consejo, frente a su pueblo, frente a todos los que esperaban su decisión.
Me dieron un ultimátum. Comenzó con voz que resonaba en las paredes de piedra, que eligiera esposa o enfrentara consecuencias. Como si el amor pudiera ser legislado, como si el corazón respondiera a plazos administrativos. Caminó lentamente, sus pasos resonando. Pero tienen razón en algo. El reino necesita estabilidad, necesita una sheika, así que vengo a cumplir con su demanda. Abdul asintió con satisfacción. Yasmín se enderezó preparándose para su momento de gloria. Entonces Idris caminó directamente hacia Sara, se arrodilló frente a ella.
El salón explotó en murmullos de shock. Yasmín perdió su sonrisa. Jafsa palideció. Abdul se inclinó hacia delante con ojos enormes. Idris sacó una caja de terciopelo azul oscuro. Sara dijo con voz clara que todos podían escuchar. No eras lo que esperaba, eras lo que necesitaba. Eres la respuesta a preguntas que ni siquiera sabía que tenía. Eres hogar en forma humana. Abrió la caja revelando un anillo con diamante central rodeado de zafiros del azul exacto del cielo del desierto al atardecer, engastado en oro, que capturaba la luz matutina como si tuviera fuego interno.
¿Te casas conmigo? No con el título, no con el palacio, conmigo solo Idris. ¿Me aceptas ante todos estos testigos? El silencio fue absoluto. Sara miró esos ojos de ámbar brillantes con emoción. Miró el anillo que temblaba ligeramente en sus manos. Miró a Jafsa, cuya expresión de horror era casi cómica. Miró a Yasmín, que parecía estatua de sal, y entonces sonrió. No la sonrisa tímida y encogida que había usado toda su vida, sino una sonrisa radiante que venía desde el fondo de su alma finalmente liberada.
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