Por primera vez en años sintió una chispa diminuta de algo que casi había olvidado. Curiosidad, tal vez, solo tal vez al otro lado del mundo las cosas fueran diferentes. Antes de continuar, suscríbete al canal y comenta desde dónde estás viendo, porque esta historia te va a emocionar de principio a fin. El vuelo duró 14 horas y Sagra pasó 13 intentando no ponerse demasiado nerviosa. Cuando el avión aterrizó en Marraquech y descendió bajo el sol abrasador de Marruecos, el aire caliente la envolvió como un abrazo perfumado con especias que nunca había sentido.
por primera vez tuvo la extraña sensación de estar exactamente donde debía estar, pero lo que la esperaba en el palacio cambiaría todo. Y no vas a creer lo que sucedió. El palacio bahía era una declaración de poder que robaba el aliento. Torres decoradas con celije tradicional perforando el cielo azul intenso. Jardines de naranjos desafiando la aridez del desierto, fuentes de mosaico cantando melodías imposibles. Sara salió de la limusina con las piernas temblorosas, el vestido demasiado grande resbalándose de sus hombros delgados.
Las empleadas fueron educadas, pero sus miradas lo decían todo. Esta es la candidata, esta chica de lentes torcidos. La llevaron a una habitación más grande que toda su casa. Cama con dosel de seda bordada, balcones con vista a las montañas del Atlas a lo lejos, baño con bañera de mármol de carrara. Los azulejos en las paredes contaban historias de siglos, patrones geométricos que hipnotizaban. Una empleada de ojos gentiles llamada Salma explicó que tendría 2 horas antes de conocer al jeque.
Dos horas para prepararse para el momento más importante de su vida. Sara se sentó en la cama y sus manos finalmente temblaron. Por la ventana veía palmeras danzando al viento caliente. Escuchaba el murmullo distante de Yemá Elfna, la plaza principal donde la vida bullía desde tiempos sin memoriales. El encuentro sería en el jardín privado. Zara bajó las escaleras de cedro tallado, nerviosa. El vestido turquesa que Salma había conseguido la hacía sentirse como una niña disfrazada para una obra de teatro.
El jardín era un oasis secreto lleno de flores exóticas que nunca había visto. Jazmín perfumando el aire, rosas, damascenas escalando muros ancestrales, bugambillas explotando en púrpura y rosa. Y allí estaba él de espaldas observando el atardecer que transformaba el cielo en oro líquido. Incluso de espaldas su presencia lo dominaba todo. Hombros anchos, postura real que no necesitaba corona. Idris se dio la vuelta y el mundo se detuvo. No era solo hermoso, era el tipo de hombre que te hace olvidar cómo respirar.
Cabello negro como la noche del desierto, ojos color ámbar que capturaban la luz, mandíbula esculpida que parecía obra de un artesano maestro. usaba un caftán blanco simple que de alguna manera realzaba su poder en lugar de disminuirlo. Pero lo que sorprendió a Sara no fue su apariencia, fue su expresión. No había desdén, no había decepción. Sonríó una sonrisa pequeña y casi tímida, completamente inesperada en un hombre tan poderoso. Entonces ocurrió el desastre. Nerviosa, Sara intentó hacer una reverencia y se olvidó de los zapatos nuevos de tacón que Salma había insistido en que usara.
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