Idris simplemente declaró con voz que resonó en las paredes de mármol. Tienen una hora para abandonar el palacio para siempre. La era de las candidatas perfectas había terminado. Esa noche Idris llevó a Zara a su jardín privado, un lugar donde ni siquiera las empleadas entraban sin permiso expreso. Pequeño, íntimo, con una fuente que cantaba suavemente y flores nocturnas liberando fragancia dulce que embriagaba los sentidos. Se sentaron en cojines bajo un cielo lleno de estrellas reales, no las artificiales de las ciudades.
Por un largo tiempo, silencio confortable. Entonces, Idris comenzó a contar su historia y Sara se dio cuenta de que estaba recibiendo algo precioso, la verdad, sin adornos, sin máscaras. Había sido criado para ser jeque desde el nacimiento, pero nunca había tenido elección. Su matrimonio sería político, estratégico, calculado, hasta que su abuelo, en el lecho de muerte pidió algo diferente, que eligiera una esposa por amor, no por deber. Pero, ¿cómo encontrar amor real cuando eres uno de los hombres más poderosos del mundo?
Casi todos querían algo. Poder, dinero, estatus, conexiones. Se había vuelto experto en identificar motivaciones ocultas, en ver a través de sonrisas ensayadas y palabras calculadas. Por eso había enviado invitaciones a familias alrededor del mundo, esperando que alguien mandara a una hija que no estuviera desesperada por su fortuna. Y llegó Sara, lentes torcidos, ropa simple, manera torpe, y él vio inmediatamente algo diferente. Ella no quería nada de él. Parecía querer desaparecer, esconderse. Era tan diferente que lo fascinó desde ese primer tropezón en el cojín bordado.
Comenzó a buscarla porque con ella podía ser simplemente Idris, no el jeque. No tenía que actuar, performar, impresionar. podía ser humano. Sara escuchaba con el corazón latiendo descompasadamente. Esto no podía estar sucediendo. Hombres como él no se enamoraban de mujeres como ella, pero la forma en que la miraba, como si fuera el tesoro más valioso de todo ese palacio lleno de antigüedades y joyas, quería creer desesperadamente. tomó su mano entrelazando los dedos con una delicadeza que contrastaba con el poder que emanaba de él.
No necesitas decidir nada ahora, pero necesito que sepas, no te veo como los demás te ven. Te veo de verdad y lo que veo es extraordinario. Sa abrió la boca para responder, pero ningún sonido salió. ¿Cómo responder cuando pasaste toda tu vida creyendo ser invisible? Estaba a punto de decir algo, cualquier cosa. Cuando Salma apareció apresurada por el jardín, sus pasos rápidos sobre las baldosas de mosaico, traía un sobre. El remitente hizo que el estómago de Sara se retorciera.
Su familia, ¿qué querían ahora? abrió con manos temblorosas y la respuesta fue peor que una pesadilla. La carta contenía instrucciones criminales, seducir al jeque, garantizar una propuesta de matrimonio y la familia cobraría lo que llamaban cuota de intermediación de 20 millones de dólares. Un esquema de chantaje y corrupción pura como si ella fuera mercancía. Había amenazas veladas sobre consecuencias. si no cooperaba. Referencias a deudas que ella supuestamente debía por haberla criado. Palabras venenosas escritas con tinta elegante.
Sara sintió náusea. Era un crimen, extorsión, algo que repudiaba completamente. Sara pasó la noche despierta, la carta pesando en sus manos como plomo fundido. ¿Cómo había sido tan ingenua? Por supuesto que la familia tendría un plan criminal. Siempre tenían esquemas que la usaban como peón. Lo peor era que ahora, cada momento con Idris, venía acompañado del recuerdo de esa instrucción repugnante que jamás seguiría. Se sentía sucia solo por estar asociada con personas capaces de aquello, como si cargara culpa por lazos familiares que no había elegido.
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