La hija primogénita del multimillonario nunca había caminado, hasta que descubrió a la criada haciendo lo increíble.

Durante un año y medio, esa casa no tuvo vida.

Estaba impecable.
Lujosa.
Perfectamente cuidada.

Y completamente vacía.

Cada noche seguía el mismo ritual.
La puerta se abría.
Los zapatos se dejaban en la entrada.
Un vaso se llenaba de whisky.

Arriba, en una habitación enorme, una niña de tres años se sentaba en el suelo junto a la ventana, inmóvil, abrazando el mismo elefante de peluche que sostenía desde la noche en que su madre murió.

No hablaba.
No caminaba.
No lloraba.

Los médicos decían que su cuerpo estaba bien.
Pero su mente había decidido que el mundo ya no era un lugar seguro.

Especialistas de hospitales privados de Monterrey y Ciudad de México lo intentaron todo:
terapias, medicamentos, juegos terapéuticos importados, métodos costosos.

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