La invitó a su baby shower para humillar a su ex sin hijos, pero ella apareció en un Lamborghini con cuatro hijos y un esposo que la adoraba, dejando a todos en silencio y demostrando que el karma llega a lo grande

Mark se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del vestíbulo, observando su propio reflejo con una satisfacción casi narcisista. Hoy era el día. No era simplemente un “baby shower”; para él, era la culminación de una victoria personal, una demostración tangible de que él había ganado en la vida. A través de la ventana, podía ver el jardín perfectamente decorado: arcos de globos azules y blancos, mesas con mantelería de lino importado y una enorme estructura de luces que deletreaba la palabra “BABY”. Todo estaba listo para celebrar la llegada de su primogénito con su actual esposa, Sarah.

Pero en el fondo de la mente de Mark, la fiesta tenía un propósito secundario, uno mucho más oscuro y mezquino. Hacía cinco años, su matrimonio con Elena había terminado de forma abrupta. La razón, aunque nunca dicha en voz alta en público, fue la incapacidad de concebir. Mark, obsesionado con el legado y la “familia tradicional”, había hecho sentir a Elena que ella era una mujer incompleta, una “falla” en su plan de vida perfecto. Cuando se divorciaron, él le había dicho palabras que sabía que la perseguirían: “Necesito una mujer que pueda darme una familia real, no solo excusas”.

Por eso la había invitado hoy. Quería que ella viniera. Quería que viera el vientre abultado de Sarah, la montaña de regalos, la felicidad que él había conseguido y que ella, supuestamente, nunca podría tener. Quería ver ese brillo de tristeza en sus ojos, esa confirmación de que él había tomado la decisión correcta al dejarla. Era un acto de crueldad disfrazado de “madurez” y “cerrar ciclos”.

Los invitados comenzaron a llegar. El champán fluía y las risas llenaban el aire. Mark, con una copa en la mano, aceptaba las felicitaciones, pero sus ojos no dejaban de escanear la entrada principal. Sarah, ajena a las verdaderas intenciones de su marido, sonreía radiante, acariciando su vientre.

—¿Crees que vendrá? —le preguntó un amigo cercano de Mark, que conocía la historia. —Si tiene algo de dignidad, no —respondió Mark con una sonrisa arrogante—. Pero si viene, se dará cuenta de lo que se perdió.

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