De repente, el sonido grave y potente de un motor interrumpió la suave música de jazz que sonaba de fondo. No era el sonido de un coche cualquiera; era el rugido inconfundible de una máquina de alta ingeniería italiana. Las conversaciones se detuvieron. Todas las cabezas se giraron hacia la entrada de grava.
Un Lamborghini Urus de color blanco perla, imponente y agresivo, se deslizó por el camino de entrada, deteniéndose justo frente al arco de bienvenida, eclipsando incluso al coche deportivo que Mark había alquilado para la decoración. La puerta del conductor se abrió primero. Un hombre alto, vestido con un traje de lino gris hecho a medida y gafas de sol de diseñador, bajó del vehículo. Su porte era el de alguien que no necesita demostrar nada a nadie.
El hombre rodeó el coche y abrió la puerta trasera. De allí no salió una persona, sino dos niños pequeños, gemelos, vestidos impecablemente. Luego, abrió la otra puerta trasera y ayudó a bajar a otros dos niños, un poco más grandes, que reían divertidos. Finalmente, el hombre se dirigió a la puerta del copiloto y la abrió con una galantería que parecía sacada de una película clásica.
Una pierna bronceada con una sandalia de tacón alto tocó el suelo. Elena emergió del coche. Llevaba un vestido de verano vaporoso que realzaba una figura espectacular, el cabello suelto y brillante, y una sonrisa que irradiaba una paz absoluta. No había rastro de la mujer triste e insegura que Mark recordaba. El hombre le ofreció la mano, ella la tomó, y él la miró con una devoción tan intensa que resultaba casi incómoda de presenciar para los extraños.
Con cuatro hermosos niños orbitando a su alrededor y un marido que la miraba como si fuera su mundo entero, Elena caminó hacia la entrada. El silencio en el jardín era absoluto, sepulcral. La copa en la mano de Mark tembló ligeramente. La humillación que él había planeado meticulosamente acababa de dar un giro de ciento ochenta grados antes incluso de que ella dijera una palabra
El silencio que se había apoderado del jardín no era de respeto, sino de puro asombro. Los invitados, muchos de los cuales conocían la narrativa que Mark había vendido durante años —la de la pobre exesposa estéril y solitaria—, ahora miraban boquiabiertos la escena que tenían delante. Era una imagen de perfección familiar que superaba con creces cualquier cosa que Mark hubiera logrado montar esa tarde.
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