Elena avanzó por el césped con una gracia natural. Los cuatro niños, educados y risueños, caminaban junto a ella sin hacer berrinches ni correr descontrolados. Eran la viva imagen de la salud y la felicidad. El marido de Elena, cuyo nombre Mark desconocía pero cuya presencia le resultaba intimidante, colocó una mano protectora y cariñosa en la espalda baja de ella, susurrándole algo al oído que la hizo reír suavemente. Esa risa, genuina y despreocupada, fue como una bofetada para Mark.
Mark sintió que el calor subía a su cuello. Tenía que recuperar el control. Tenía que romper esa imagen. Se aclaró la garganta, forzó su mejor sonrisa corporativa y caminó hacia ellos, con Sarah siguiéndolo un paso atrás, visiblemente confundida por la tensión en el aire.
—Elena —dijo Mark, intentando que su voz sonara condescendiente—. Me alegra que hayas venido. Veo que… has traído compañía. No sabía que te dedicabas a cuidar niños ahora.
Fue un intento torpe, un golpe bajo diseñado para recordar la antigua herida de la infertilidad. Sarah, su esposa, le dio un codazo discreto, avergonzada por el comentario.
Elena no parpadeó. Ni siquiera borró la sonrisa de su rostro. Miró a Mark con una expresión que no contenía odio, sino algo mucho peor: lástima.
—Hola, Mark —dijo ella con voz suave y melodiosa—. Gracias por la invitación. Y no, no estoy cuidando niños. —Se giró hacia el hombre a su lado y luego miró a los pequeños—. Te presento a mi esposo, Julián, y a nuestros hijos: Leo, Mía, y los gemelos, Noah y Lucas.
—Son adoptados, supongo —soltó Mark antes de poder detenerse, la amargura filtrándose en cada sílaba. Necesitaba que no fueran de ella. Necesitaba que su narrativa siguiera intacta.
Julián, el esposo, dio un paso adelante. Era más alto que Mark y tenía una calma en la mirada que resultaba desconcertante. Extendió la mano para saludar, un gesto de educación que dejaba a Mark en ridículo por su rudeza.
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