Cuando llegó a su hogar, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos y sentarse con calma. No lloró. No gritó. Solo reflexionó.
Después tomó su teléfono y marcó el número de su contador.
Durante años había preparado un ahorro importante, pensado para dejárselo a su hija y, sobre todo, a su nieto. Era su manera de asegurarles un futuro más estable.
Pero el desprecio vivido ese día le dejó claro algo doloroso:
cuando alguien no te reserva un lugar en un día tan significativo, quizás tampoco te reserva uno en su vida.
“Necesito revisar mis documentos”, le dijo al contador.
