Horas después, se reunieron. La hija, entre lágrimas, buscaba una explicación que no existía.
La madre, con una firmeza dulce, le dijo:
“Hija, ayer me hiciste ver el lugar que ocupo para ti.
Y al verlo, decidí protegerme y poner en orden mis asuntos.
El amor se demuestra, y el respeto también.”
La hija quedó en silencio. Nunca imaginó que una frase dicha a la ligera la llevaría a perder algo mucho más grande: la confianza y la consideración de su propia madre.
