LA MÁSCARA CAYÓ A LAS 8:28 P.M.

Si no terminas estos platos, tu padre va a saber qué tipo de niña inútil eres realmente.

Las manos de Sofía Méndez, de 9 años, sangraban.

El agua hirviendo había quemado su piel delicada. El detergente industrial que Carla insistía en usar había abierto cortes en sus dedos pequeños. Pero no podía parar. Todavía quedaban 50 platos.

50 platos de una cena que Carla había organizado deliberadamente para 30 invitados, sabiendo que la niña tendría que lavar todo sola.

Más rápido.

Carla gritaba, observando desde su silla como si fuera una reina supervisando a su esclava.

—Tu padre llega en dos horas y esta cocina tiene que estar impecable.

—Me duelen las manos —Sofía lloraba mientras sostenía otro plato con dedos temblorosos.

—No me importan tus manos. Me importa que esta cocina esté limpia.

Pero lo que ninguna de las dos sabía era que Diego Méndez no llegaría en dos horas. El vuelo privado de su esposo había sido adelantado, y en exactamente 40 minutos abriría la puerta de su mansión en San Isidro y descubriría una escena que cambiaría todo para siempre.

Porque lo que vería no sería solo a su hija lavando platos. Sería sangre en el agua. Sería una niña de 9 años colapsando de agotamiento. Sería la verdad que Carla había escondido perfectamente durante 6 meses, y sería el momento exacto en que un hombre millonario, acostumbrado a controlar imperios, perdería completamente el control.

Pero primero, retrocedamos 3 horas.

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