Esa noche, Diego llamó a su abogado. —Julio, necesito divorcio. Inmediato. Y quiero presentar cargos de abuso infantil.
El caso se movió rápido. Carla intentó defenderse alegando disciplina. El abogado de Diego presentó la evidencia médica y el testimonio de Sofía.
—Señora Vega, ¿puede explicar por qué pensó que era apropiado que una niña de 9 años lavara 50 platos durante tres horas con detergente industrial? —preguntó la jueza.
—Estaba enseñándole responsabilidad.
—Eso no es responsabilidad, es abuso.
El divorcio fue concedido sin compensación. Carla enfrentó dos años de prisión condicional por abuso infantil.
Diego cambió todo en su vida. Redujo su horario de trabajo, delegó más. El imperio podría crecer más lento. Su hija, nunca más.
Tres años después. Sofía tiene 12 años. Las cicatrices en sus manos sanaron casi completamente, pequeñas marcas que solo se notan si las miras de cerca.
Un sábado por la tarde, Diego está con ella en la cocina, haciendo galletas. Él está lavando los pocos utensilios que usaron. Sofía ríe mientras añade chispas de chocolate.
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