LA MÁSCARA CAYÓ A LAS 8:28 P.M.

—No. Si te sientas, tus músculos se acalambrarán y trabajarás más lento. Sigue de pie.

—Necesito agua. Tengo sed.

—Termina primero.

A las 8 de la tarde, Sofía estaba mareada. No había comido nada desde el almuerzo. Sus manos sangraban de múltiples cortes y todavía quedaban 15 platos y varias ollas.

—Ya casi —Carla dijo con falsa dulzura—. Solo un poco más.

Sofía tomó una olla grande. Era pesada. Sus manos resbaladizas por la sangre no podían agarrarla bien. La olla cayó al fregadero con un estruendo, salpicando agua caliente y jabón en todas direcciones.

—¡Idiota! —Carla se puso de pie—. Ahora el piso está mojado. Vas a tener que limpiarlo también.

—Fue un accidente —Sofía lloraba.

—Los accidentes pasan por descuido y el descuido merece consecuencias.

Carla agarró a Sofía del brazo, sus uñas clavándose en la piel, y la empujó hacia el piso mojado.

—De rodillas. Vas a limpiar cada gota con tus manos.

—Pero, ¿qué hay del trapeador?

—Tus manos. Para que aprendas a ser más cuidadosa.

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