Sofía se arrodilló en el piso de baldosas. El jabón entraba en los cortes abiertos, quemando como fuego.
—Más rápido. Tu padre llega en dos horas.
La Puerta Se Abre
Pero lo que Carla no sabía era que Diego no llegaría en 2 horas. En ese momento, su jet privado estaba aterrizando en el aeropuerto de San Fernando. A solo 30 minutos de la casa.
Diego salió del avión sintiéndose satisfecho. El contrato con Samsung había sido mejor de lo esperado. Estaba ansioso por llegar a casa y contarle a Sofía las buenas noticias.
—Señor Méndez, bienvenido a casa —Ramón, su chófer, lo esperaba.
—Sí, y rápido, por favor. Quiero ver a mi hija.
Durante el viaje, Diego llamó a la casa. Sonó y sonó. Nadie contestó. Qué extraño. Intentó el celular de Carla. Buzón de voz. Intentó el celular de Sofía. Sin respuesta.
Ahora estaba preocupado de verdad.
—Ramón, más rápido.
En la casa, Sofía había terminado de limpiar el piso. Volvió al fregadero. Quedaban 10 platos.
A las 8:25 de la tarde, estaba lavando el penúltimo plato cuando sus piernas cedieron. Había estado de pie durante 3 horas y 10 minutos. Sus músculos simplemente no podían más. Sofía se desplomó cayendo al suelo. El plato se estrelló, rompiéndose en pedazos.
—¡Levántate! —Carla gritó.
—No puedo —Sofía sollozaba—. Mis piernas. No puedo.
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