LA MÁSCARA CAYÓ A LAS 8:28 P.M.

—No mucho.

—Sofía, ¿cuánto tiempo?

—Tres horas —Sofía susurró—. Desde las 5 hasta ahora. Y no me dejó sentarme. O tomar agua o comer.

Diego sintió una rabia que nunca había sentido en su vida. Una rabia fría, calculada, la rabia de un hombre acostumbrado a tener control absoluto y que acababa de descubrir que alguien lastimó a lo único que realmente importaba.

—Carla, vas a empacar tus cosas y salir de esta casa ahora.

—Diego, ¿estás exagerando?

—¿Exagerando? —Diego levantó las manos de Sofía para que Carla las viera—. Mi hija está sangrando. Ha estado trabajando como esclava en su propia casa. Eso es exagerar.

—Solo estaba enseñándole a trabajar.

—Tiene 9 años. Debería estar jugando, no lavando 50 platos con las manos sangrando.

Diego llamó a su médico personal. —Gustavo, necesito que vengas a mi casa ahora. Es una emergencia con Sofía. Tiene las manos destrozadas, cortes, quemaduras. Necesita tratamiento inmediato.

Cargó a Sofía y la llevó a la sala.

—Princesa, lo siento tanto. Tanto.

—No es tu culpa, papá.

—Sí lo es. Te dejé con alguien que te lastimó. No presté atención.

Carla entró a la sala con lágrimas falsas.

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