"¡Mamá!" Llamé.
En cuestión de segundos, toda la casa despertó. Mi papá sacó el auto de la entrada como un hombre de la mitad de su edad. Mi mamá se subió al asiento trasero conmigo, apretándome la mano en cada contracción, moviendo los labios en una oración silenciosa.
Las luces del hospital eran duras, el aire demasiado frío, pero las enfermeras fueron amables. Las horas transcurrieron en una confusión de dolor, respiraciones profundas y la voz firme de mi mamá en mi oído.
No había ningún esposo paseándose junto a la puerta. Ningún hombre con una camisa elegante acariciándome el cabello. Solo mis padres, las personas que me habían amado mucho antes de que Aaron supiera mi nombre.
En los breves momentos entre contracciones, recuerdos de los últimos meses volvieron a mí: la iglesia, el ruido en línea, Aaron gritando a través de nuestra vieja puerta una tarde, rogando por hablar mientras nuestro vecino y el guardia de seguridad le decían que se fuera. Sus palabras habían dolido entonces, pero en esa habitación, en ese momento, eran pequeñas.
"Empuja, Natalie", animó el médico. "Ya casi estás".
Insistí con todas mis fuerzas: cada promesa rota, cada larga noche, cada miedo de criar a un hijo sola.
Y entonces allí estaba. Un gemido llenó la habitación, fuerte, indignado y completamente nuevo.
"Es niña", anunció la doctora, colocando un peso cálido y retorcido sobre mi pecho.
El tiempo se detuvo. Sus pequeños dedos se flexionaron contra mi piel. Sus ojos oscuros parpadearon hacia mí como si ya estuviera estudiando este mundo extraño y brillante.
"¿Cómo se llama?", preguntó la enfermera, con el bolígrafo sobre un formulario.
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