Repasó mentalmente su estrategia. Carmen había prometido buscar pruebas de la intervención de Verónica, pero el tiempo se agotaba. El investigador privado seguramente ya habría entregado su informe. Al llegar a su piso, Sofía notó inmediatamente que algo andaba mal. Un silencio tenso flotaba en el aire y las miradas furtivas de sus compañeros la seguían mientras caminaba hacia su escritorio. Carmen no estaba en su lugar habitual. ¿Dónde está Carmen? Le preguntó a la recepcionista. La mujer evitó su mirada.
pidió el día libre, una emergencia familiar, según dijo. Sofía sintió una punzada de inquietud. Carmen nunca faltaba. Y justo ahora en su escritorio encontró una nota escrita apresuradamente. Cuidado, ella lo sabe todo. Busca en el segundo cajón de mi escritorio C. Con el corazón acelerado, Sofía se dirigió al escritorio de Carmen y abrió discretamente el cajón indicado. Dentro había un sobre Manila. lo tomó rápidamente y lo guardó en su bolso. Apenas había regresado a su lugar cuando Joaquín apareció a su lado con expresión preocupada.
“Doña Verónica está en el despacho de Fernando”, susurró. “Y parece una corrida de toros ahí dentro.” Como confirmando sus palabras, la voz de Verónica se elevó lo suficiente para ser escuchada a través de las gruesas paredes. Na una mentirosa y una oportunista, igual que su madre. Sofía se quedó paralizada. Había llegado el momento. Verónica lo sabía. ¿De qué están hablando? Preguntó Joaquín fingiendo confusión. Sofía lo miró fijamente, evaluando su expresión. ¿Cuánto sabía él? Era parte del plan de Verónica.
Creo que lo sabes perfectamente, respondió fríamente. ¿Desde cuándo trabajas para ella? La sorpresa en el rostro de Joaquín pareció genuina, pero Sofía ya no confiaba en sus instintos. No sé de qué hablas. se defendió. “Solo intento ayudarte.” Antes de que Sofía pudiera responder, la puerta del despacho de Fernando se abrió violentamente. Verónica salió como una tormenta. Su elegancia habitual manchada por la furia. Sus ojos encontraron a Sofía y se entrecerraron con desprecio. “Tú, Siseo, debí reconocerte desde el primer momento.
Tienes sus ojos.” Todo el bufete se había detenido. Observando la escena con horror fascinado. Sofía se levantó lentamente, negándose a ser intimidada. Señora Arteaga saludó con una calma que no sentía. No te atrevas a dirigirme la palabra, espetó Verónica. Sé exactamente quién eres y por qué estás aquí. El mismo juego que jugó tu madre. ¿Cuánto dinero quieres para desaparecer esta vez? Sofía sintió que la sangre le hervía. Mi madre no jugó ningún juego y yo no estoy aquí por dinero.
Mentirosa. Verónica se acercó amenazadoramente. Tu madre intentó extorsionar a Fernando hace 26 años y ahora tú repites el mismo truco. Mi madre nunca. Basta, Verónica. La voz de Fernando resonó por toda la oficina. Estaba de pie en la puerta de su despacho con el rostro pálido pero decidido. Esto es entre la señorita Méndez y yo. Dijo con autoridad. Te agradecería que no interfieras. Verónica lo miró como si la hubiera abofeteado. Que no interfiera. Esto me concierne tanto como a ti.
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