La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

No soy el villano de esta historia, Sofía. Es cierto que Verónica me ha favorecido, pero nunca he sido su espía. ¿Y por qué debería creerte? Porque te estoy diciendo la verdad, respondió con simpleza. Addemás, tengo algo que podría interesarte. Joaquín sacó discretamente un sobre de su maletín. Verónica ha estado preparando un contraataque. Planea presentar documentos que prueban que tu madre intentó extorsionar a Fernando hace años. Son falsificaciones, por supuesto, pero convincentes. Sofía tomó el sobre sorprendida. ¿Por qué me das esto?

Porque no es justo. Joaquín bajó la voz. He trabajado con Verónica lo suficiente para saber de lo que es capaz. Y esto, esto va demasiado lejos. ¿Por qué te importa? Una sonrisa triste apareció en los labios de Joaquín. “Digamos que también tengo mis propios secretos familiares.” Hizo una pausa. “Mi madre trabajó como empleada doméstica toda su vida. Si alguien le hubiera hecho a ella lo que Verónica le hizo a tu madre”, dejó la frase inconclusa, pero Sofía entendió.

Quizás había juzgado mal a Joaquín. Gracias”, dijo finalmente, “Lo tendré en cuenta.” Cuando Sofía le mostró los documentos a Fernando esa tarde, su rostro se ensombreció. “Es típico de Verónica,” murmuró. Siempre preparada para la guerra. “¿Le crees?”, preguntó Sofía. Refiriéndose a las acusaciones falsas contra su madre. Fernando la miró directamente. “Conocí a tu madre, Sofía. Era la persona más íntegra que he conocido. Nunca habría intentado extorsionarme. Hizo una pausa. El dinero que le di cuando se fue, ella no lo pidió.

Yo insistí. Quería que tuviera un nuevo comienzo. Un nuevo comienzo que incluía criar sola a una hija. Fernando bajó la mirada. Avergonzado. Si hubiera sabido, comenzó, pero se interrumpió. No, no puedo decir con certeza qué habría hecho. Era joven, ambicioso y cobarde. No puedo prometer que habría sido el padre que merecías. La honestidad brutal de Fernando sorprendió a Sofía. No intentaba justificarse ni pintarse como un héroe hipotético. Al menos es sincero, reconoció. Es lo mínimo que te debo, respondió él.

Sinceridad absoluta de ahora en adelante. El quinto día, mientras Sofía organizaba unos expedientes, Fernando se acercó a su escritorio. “He estado pensando”, dijo inusualmente vacilante. “Me gustaría visitar a Isabel si ella está de acuerdo.” Claro. La petición tomó a Sofía por sorpresa. “¿Por qué ahora?” Porque le debo una disculpa por 26 años de ausencia, aunque no fuera consciente de todas las circunstancias, explicó. Y porque quisiera verla una vez más. Había algo en su voz, una nota de emoción reprimida que conmovió a Sofía.

“Hablaré con ella”, prometió. Isabel recibió la noticia con sorprendente calma. “Sabía que este día llegaría”, dijo alisando nerviosamente las sábanas del hospital. “¿Cómo me veo? Estoy tan delgada. Te ves hermosa, mamá”, respondió Sofía, conmovida por la repentina vanidad de su madre. “¿Estás segura de que quieres verlo?” Isabel asintió. Han pasado 26 años, pero hay conversaciones pendientes, preguntas sin responder. Es hora de cerrar ese capítulo. El encuentro se programó para el día siguiente. Fernando llegó puntual con un ramo de girasoles que hizo que Isabel sonriera con nostalgia.

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