Durante un momento, pareció genuinamente herida, casi vulnerable. Luego su rostro se endureció nuevamente. “Te arrepentirás de esto”, amenazó. “Los dos se arrepentirán.” Con esas palabras salió de la sala, dejando trás de sí un silencio pesado. Después de un momento incómodo, Montiel se puso de pie. Creo que todos necesitamos tiempo para procesar esto, dijo diplomáticamente. Fernando, tómate el día y felicidades por tu hija. Uno por uno. Los socios abandonaron la sala hasta que solo quedaron Fernando, Sofía y Joaquín.
Eso fue intenso comentó Joaquín pasándose una mano por el pelo. ¿Estás bien, Sofía? Ella asintió. Aún procesando todo lo ocurrido, Fernando parecía agotado, como si hubiera envejecido años en minutos. “Gracias por tu apoyo, Joaquín”, dijo Fernando con sinceridad. “Sé que no fue fácil posicionarte contra Verónica.” Joaquín se encogió de hombros. Era lo correcto. Miró a Sofía. Además, siempre he tenido debilidad por las causas justas. Cuando Joaquín salió, Fernando se desplomó en una silla súbitamente exhausto. 26 años de matrimonio terminados en 5 minutos murmuró.
Aunque para ser justos, nunca fue un matrimonio real. Sofía se sentó junto a él, sintiéndose extrañamente protectora. ¿Estás seguro de esto? El divorcio. Renunciar a la firma si es necesario. Es toda tu vida. Fernando la miró con una sonrisa triste. Durante décadas creí que este bufete era toda mi vida. Hizo una pausa. Ahora sé que hay cosas más importantes y que algunos errores, aunque no puedan borrarse, pueden al menos reconocerse e intentar repararlos. Tomó la mano de Sofía con vacilación y esta vez ella no la retiró.
No puedo recuperar los años perdidos, continuó Fernando. Pero si me permites, me gustaría ser parte de tu futuro y del de Isabel. Sofía sintió que algo se rompía dentro de ella. No el dolor agudo del resentimiento, sino la liberación suave dejarlo ir. Me gustaría intentarlo respondió con voz quebrada. Paso a paso, la noticia se extendió como pólvora por todo México. Fernando Arteaga, el legendario abogado, había descubierto que tenía una hija de 26 años y estaba divorciándose de Verónica Montero después de tres décadas de matrimonio.
Los periódicos especulaban, las revistas del corazón inventaban detalles y los programas de chismes no hablaban de otra cosa. Mientras tanto, en el hospital, Isabel mejoraba lentamente. Fernando había insistido en trasladarla a una clínica privada con los mejores especialistas. No puedo aceptarlo. Había protestado Isabel cuando Fernando se lo propuso. Por favor, respondió él. Déjame hacer esto. No por culpa, sino porque me importas. Siempre me importaste. Isabel finalmente accedió y los resultados fueron rápidamente visibles con el tratamiento adecuado.
Recuperaba fuerzas día a día. El color volvía gradualmente a sus mejillas y los médicos se mostraban cautelosamente optimistas. Fernando visitaba el hospital cada tarde, a veces solo, a veces con Sofía. Esas visitas eran extrañamente reconfortantes para los tres. Hablaban de todo y de nada, reconstruyendo lentamente los puentes rotos por 26 años de ausencia. En el bufete la situación era tensa, pero manejable. Los socios habían decidido mantener a Fernando como socio mayoritario. A pesar de las presiones de la familia Montero.
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