La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

Contamos toda la verdad. Mostramos las pruebas de cómo Verónica interceptó las cartas, contrató espías, falsificó documentos. Exponemos sus mentiras a plena luz. Sería una declaración de guerra total, advirtió uno de los socios. La familia Montero es poderosa. Ya estamos en guerra, respondió Sofía. La diferencia es que hasta ahora solo ellos han disparado. Fernando la miró con una mezcla de orgullo y preocupación. Sofía, esto podría volverse muy feo. No quiero exponerte a ti o a tu madre a más ataques.

Mi madre y yo hemos sobrevivido 26 años sin tu protección. respondió Sofía, aunque sin rencor. Podemos manejar esto, además, añadió con una sonrisa desafiante. Según mi certificado de nacimiento, también soy una arteaga. Es hora de que actúe como tal. La conferencia de prensa se organizó para el día siguiente. Fernando insistió en que se realizara en la sala de juntas principal del bufete. Si vamos a hacer esto, lo haremos en nuestra casa, en nuestros términos declaró esa noche, mientras Fernando y Sofía preparaban su estrategia, recibieron una llamada inesperada.

Era Carmen hablando en susurros. Licenciado, tiene que venir ahora mismo. Su voz sonaba agitada. ¿Hay alguien aquí que tiene información crucial sobre doña Verónica? ¿Quién?, preguntó Fernando alarmado. Guillermo Soto, respondió Carmen. El hombre que interceptaba las cartas para ella. Media hora después, Fernando y Sofía se encontraban en la oficina vacía con un hombre mayor de aspecto nervioso. Guillermo Soto había trabajado para Correos de México durante 40 años y durante casi 10 había desviado sistemáticamente la correspondencia de Isabela Fernando por órdenes de Verónica.

Al principio no sabía lo que hacía explicó con vergüenza. Ella solo me dijo que eran cartas de una mujer que intentaba destruir su matrimonio. Me pagaba bien y yo tenía hijos que alimentar. ¿Por qué viene ahora? Preguntó Sofía desconfiada. Soto la miró directamente. Porque he visto las noticias, las mentiras sobre su madre. Negó con la cabeza. No puedo morir con eso en mi conciencia. ¿Tiene pruebas? preguntó Fernando. Soto sacó un fajo de papeles gastados, recibos firmados por doña Verónica, fechas, cantidades, todo.

Hizo una pausa y algo más, algo que ella no sabe que conservé. De un sobre amarillento extrajo una carta, la última que Isabel había enviado, fechada 23 años atrás. No pude entregarla, pero tampoco pude destruirla, explicó. La leí y simplemente no pude. Fernando tomó la carta con manos temblorosas. El papel estaba amarillento, pero la escritura de Isabel seguía clara. Querido Fernando, comenzaba. Esta será mi última carta. Han pasado 3 años y no he recibido respuesta. Nuestra hija Sofía cumplió 3 años la semana pasada.

Preguntó por su padre por primera vez. No supe qué decirle. La voz de Fernando se quebró. no pudo continuar leyendo. El resto cuenta cómo Isabel rechazó dinero que Verónica le ofreció para que dejara de escribir”, explicó Soto. Ella dijo que prefería la pobreza con dignidad que vender el derecho de su hija a conocer a su padre. Sofía sintió que las lágrimas ardían en sus ojos. Su madre nunca le había contado eso. “¿Testificaría mañana en la conferencia de prensa?”, preguntó Fernando, recuperando algo de compostura.

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