La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

Soto asintió. Es lo correcto. Ya es hora. La noche antes de la conferencia, Sofía visitó a Isabel en el hospital. Le contó sobre Guillermo Soto, la carta y los planes para el día siguiente. ¿Estás segura de esto, mi hijita?, preguntó Isabel preocupada. Esa mujer es peligrosa. Estoy segura, mamá, respondió Sofía con determinación. Por ti, por mí, por todas las noches que lloraste pensando que él no quería saber nada de nosotras. Por todas las veces que tuvimos que elegir entre comida y medicinas, por cada cumpleaños y Navidad que pasamos solas, Isabel sonrió con orgullo, mezclado con preocupación.

Eres valiente como siempre lo has sido. Tomó la mano de su hija. Pase lo que pase mañana, recuerda que te amo y que todo lo que hice lo hice por amor. A la mañana siguiente, la sala de juntas del bufete Arteaga estaba repleta. Periodistas, cámaras, socios, empleados. Todos esperaban el enfrentamiento final entre los Arteaga y Verónica Montero. Fernando, Sofía y Guillermo Soto esperaban en una sala adyacente a través de la puerta entreabierta vieron llegar a Verónica, rodeada de abogados y asesores.

Vestía un impecable traje negro, como si asistiera a un funeral. Quizás, en cierto modo, lo era, el funeral de las mentiras que había mantenido durante 26 años. ¿Listos?, preguntó Fernando mirando a Sofía y Soto. Ambos asintieron. Era hora de la verdad. La sala de juntas vibraba con la tensión de decenas de conversaciones susurradas que se interrumpieron abruptamente cuando Fernando Arteaga entró seguido por Sofía. Los flashes de las cámaras estallaron como relámpagos, capturando el momento histórico. El legendario abogado y la hija que acababa de descubrir, unidos por primera vez ante el mundo, Verónica, sentada en primera fila, mantenía una sonrisa fría mientras sus ojos oscuros seguían cada movimiento de la pareja.

Junto a ella, tres abogados de aspecto severo revisaban documentos con expresión calculadora. Fernando tomó asiento tras la larga mesa de Caoba, donde había presidido cientos de reuniones a lo largo de 30 años, pero hoy se sentía diferente. Hoy no defendía a un cliente, ni negociaba un contrato millonario. Hoy luchaba por su familia. Buenos días a todos, comenzó con voz clara y firme. Agradezco su presencia en este momento crucial para aclarar los hechos que han sido distorsionados en los medios durante las últimas semanas.

Los periodistas se inclinaron hacia delante, hambrientos de declaraciones impactantes. Como muchos saben, recientemente descubrí que tengo una hija continuó Fernando mirando brevemente a Sofía. Una hija de cuya existencia no fui informado durante 26 años. Verónica se tensó visiblemente, pero mantuvo su expresión impasible. Las acusaciones publicadas contra Isabel Méndez, madre de mi hija, son completamente falsas y difamatorias. Fernando hablaba con una calma que contrastaba con la emoción en sus ojos. Lejos de intentar extorsionarme, Isabel hizo todo lo posible por informarme sobre nuestra hija, enviándome numerosas cartas que nunca llegaron a mis manos.

Un murmullo recorrió la sala. Fernando hizo una seña y Guillermo Soto avanzó tímidamente hasta situarse junto a él. Este es el señor Guillermo Soto, exempleado de Correos de México, lo presentó. Durante casi una década, el señor Soto fue pagado para interceptar la correspondencia que Isabel me enviaba. Tiene documentos que prueban quién le pagaba y por qué. Verónica se levantó bruscamente. Esto es ridículo, exclamó. Vamos a creer a un supuesto cartero que aparece de la nada con acusaciones sin fundamento.

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