La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

Cuando finalmente terminó, Fernando se sentía agotado, pero extrañamente liviano, como si un peso invisible hubiera sido levantado de sus hombros. “¿Cómo te sientes?”, le preguntó a Sofía mientras los periodistas abandonaban la sala como si hubiera corrido un maratón, respondió ella con una pequeña sonrisa. “Pero valió la pena.” “Sí”, asintió Fernando. “Valió la pena.” Seis meses después, el sol se ponía sobre Cuernavaca, bañando con su luz dorada la terraza de una casa modesta pero hermosa, rodeada de jardines donde los girasoles se alzaban orgullosos hacia el cielo.

Isabel, recuperada casi por completo gracias al tratamiento adecuado, servía limonada fresca mientras Fernando terminaba de preparar la carne para la parrillada. Nunca pensé verte así, licenciado Arteaga”, bromeó Isabel con delantal y espátula en mano. “La vida da muchas vueltas”, respondió él con una sonrisa relajada que rara vez se había visto en su rostro durante las últimas tres décadas. Tras el escándalo, Fernando había renunciado a su posición como socio principal del bufete. Aunque conservaba una participación menor, había decidido establecerse en Cuernavaca, cerca de Isabel y Sofía, y comenzar una práctica legal más modesta, centrada en ayudar a personas sin recursos.

¿Dónde está Sofía?, preguntó mirando hacia la casa. La carne estará lista pronto. Tenía una llamada de último momento, respondió Isabel. Algo sobre el nuevo caso. Sofía había seguido los pasos de su padre, pero a su manera había fundado una pequeña firma especializada en defender a mujeres en situaciones vulnerables, particularmente madres solteras enfrentando batallas legales contra padres adinerados. Fernando la ayudaba ocasionalmente, orgulloso de ver cómo su hija combinaba su pasión por la justicia con un agudo instinto legal.

Joaquín también había dejado el bufete Arteaga para unirse al proyecto de Sofía. Su relación había evolucionado lentamente de la desconfianza inicial a una amistad sólida y más recientemente a algo que parecía prometedor. Aunque ambos avanzaban con cautela, Sofía salió finalmente a la terraza guardando su teléfono. “Buenas noticias”, anunció. “Ganamos el caso Ramírez. El juez otorgó la pensión completa y derechos de visita supervisada. Felicidades”, exclamó Isabel. Otra victoria para las madres solteras de México. Fernando asintió con aprobación.

Siempre supe que serías una excelente abogada. Tienes el instinto. Supongo que va en la sangre, respondió Sofía, aceptando el cumplido con una sonrisa. Los tres se sentaron a cenar mientras el cielo se teñía de púrpuras y naranjas. La conversación fluía fácilmente, saltando de temas legales a recuerdos compartidos, a planes para el futuro, después de la cena. Mientras Isabel recogía los platos, Fernando le entregó un sobre a Sofía. Quería darte esto personalmente. Dentro había documentos legales. Al leerlos, los ojos de Sofía se abrieron con sorpresa.

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