La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

¿Qué dices? Susurró Isabel con el rostro repentinamente blanco como el papel. La foto del girasol, mamá, la que tienes guardada en tu caja, es exactamente la misma. Isabel se apoyó en la mesa como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sus ojos, tan parecidos a los de su hija, se llenaron de lágrimas. No es posible, murmuró. No puede ser él. ¿Conoces al licenciado Arteaga?, preguntó Sofía, cada vez más confundida. Mamá. Isabel no respondió. Se levantó lentamente y caminó hasta su habitación.

Sofía la siguió observando como su madre sacaba una pequeña caja de metal de debajo de la cama con manos temblorosas. Isabel introdujo una llave diminuta en la cerradura y levantó la tapa. Dentro estaban los tesoros más preciados de su madre, cartas amarillentas, un mechón de cabello infantil, un anillo barato de plata y la fotografía, exactamente igual a la que descansaba en el despacho de Fernando Arteaga. Isabel tomó la foto entre sus dedos y la miró como si contuviera todos los secretos del universo.

“Hay algo que nunca te he contado sobre tu padre, Sofía”, dijo finalmente con voz quebrada por 26 años de silencio. “Es hora de que sepas la verdad. La noche caía sobre Ciudad de México y en una pequeña casa del sur, un secreto guardado durante décadas estaba a punto de salir a la luz, cambiando para siempre la vida de todos los involucrados. Sofía se sentó en el borde de la cama. Observando a su madre, que sostenía la fotografía con manos temblorosas.

Nunca la había visto así, tan frágil y asustada. Mi padre Sofía apenas podía pronunciar la palabra. Siempre me dijiste que murió antes de que yo naciera. Isabel negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas durante 26 años. Era más fácil decir eso que explicarte la verdad, confesó en voz baja. Tu padre no murió. Sofía. Tu padre. Tu padre es Fernando Arteaga. El silencio que siguió fue tan denso que parecía un ser vivo en la habitación.

Sofía se levantó de golpe, como si la cama quemara. El licenciado Arteaga, “Mi jefe, no puede ser”, exclamó con incredulidad. “¿Cómo es posible? ¿Por qué nunca me lo dijiste?” Porque Fernando Arteaga me lo quitó todo, menos a ti”, respondió Isabel con una amargura que Sofía jamás había escuchado en su voz y temía que si lo buscabas también te perdería a ti. Isabel respiró hondo y comenzó a relatarle una historia que había mantenido enterrada durante más de dos décadas.

Yo tenía 24 años y trabajaba como empleada doméstica en la mansión de los Arteaga. En las lomas, Fernando acababa de casarse con Verónica Montero, hija de una familia adinerada, un matrimonio arreglado. Por conveniencia, él estaba construyendo su carrera como abogado y necesitaba los contactos de la familia Montero. Isabel se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Su matrimonio era una farsa. Verónica lo sabía, Fernando lo sabía, todos lo sabían.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.