La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

“Doña Verónica”, murmuró Joaquín tensándose visiblemente. “¡Qué sorpresa! Sofía sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Ahí estaba la mujer que había separado a sus padres, que había amenazado a su madre, la causante de 26 años de ausencia. Verónica Arteaga era impresionante, alta, delgada, con un rostro que debió ser hermoso en su juventud y que ahora mantenía una elegancia fría. Su cabello negro estaba perfectamente teñido, sin una cana a la vista, y sus joyas, aunque discretas, valían probablemente más que todo lo que Sofía había poseído en su vida.

Licenciado Vega saludó Verónica con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Qué oportuno encontrarlo. Y esta jovencita es Sofía Méndez, la nueva secretaria del licenciado Arteaga, presentó Joaquín. Los ojos de Verónica, oscuros y penetrantes, examinaron a Sofía con una intensidad perturbadora por un instante terrible. Sofía temió que la reconociera, que viera en ella los rasgos de Fernando o de Isabel. “Interesante”, murmuró Verónica. “Fernando no suele contratar caras nuevas. Es un honor trabajar para su esposo, señora”, respondió Sofía, obligándose a mantener la compostura.

Es un gran abogado. Verónica sonrió levemente, como si Sofía hubiera dicho algo ingenuo. Lo es, ¿verdad? Espero que aprecie la oportunidad que se le ha brindado, señorita Méndez. No todos tienen la suerte de empezar desde tan arriba. Había algo amenazador en su tono, un veneno sutil que hizo que Sofía se estremeciera internamente. La agradezco y pienso aprovecharla al máximo. Estoy segura. Verónica se volvió hacia Joaquín. Licenciado Vega, necesito hablar con mi esposo. ¿Está en su despacho? Sí, señora, lo acompaño.

Cuando se alejaron, Sofía soltó el aliento que había estado conteniendo. Carmen apareció a su lado con expresión preocupada. Veo que ya conociste a la reina de hielo”, comentó en voz baja. “Y parece que te ha notado. Ten cuidado, muchacha.” “¿Por qué debería preocuparme?”, preguntó Sofía, aunque ya sabía la respuesta. Carmen miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba. Porque doña Verónica no visita el bufete a menos que huela sangre. Y nunca, nunca se fija en las secretarias, a menos que representen una amenaza.

El resto de la tarde transcurrió en una tensión silenciosa. Verónica permaneció en el despacho de Fernando durante casi una hora. Cuando salió, su rostro no revelaba nada, pero sus ojos se detuvieron un momento en Sofía antes de dirigirse al elevador. Al final del día, cuando Sofía estaba por irse, Fernando la llamó nuevamente. ¿Cómo va el expediente, Rivera?, preguntó. Su voz más cansada que por la mañana. Casi terminado, licenciado, respondió ella, notando las nuevas líneas de tensión alrededor de sus ojos.

Lo tendré listo mañana temprano. Fernando asintió y por un momento pareció que quería decir algo más. Sus ojos se desviaron brevemente hacia el marco de plata en su escritorio. Luego volvieron a ella. Mi esposa comentó que la conoció hoy dijo finalmente. Así es. Fue muy amable. Una sonrisa amarga apareció en los labios de Fernando. Amable no es la palabra que la mayoría usaría para describir a Verónica. hizo una pausa. Señorita Méndez, mi esposa tiene mucha influencia aquí.

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