La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

La misma foto que su madre atesoraba, idéntica. Hasta la pequeña mancha en la esquina. ¿Está escuchando, señorita Méndez? La voz del licenciado la devolvió bruscamente a la realidad. Sofía sintió que le faltaba el aire. Sus piernas temblaban bajo el escritorio. “Disculpe, yo”, balbuceó, incapaz de apartar la mirada de la fotografía. Fernando siguió su mirada y, al darse cuenta de lo que observaba, su rostro se endureció. Una sombra de dolor cruzó sus ojos. “¿Se siente bien? ¿Está pálida?” Sofía señaló la fotografía con dedos temblorosos.

Esa foto, ¿puedo preguntar quién es? El licenciado Arteaga guardó silencio unos segundos. Cuando habló, su voz sonaba diferente, casi quebrada. Es una fotografía personal, no tiene importancia, pero la tenía y ambos parecían saberlo. “¿Puede retirarse. Carmen le explicará el resto de sus funciones”, dijo Fernando dando por terminada la reunión. Sofía pasó el resto del día en piloto automático. Carmen le mostró el sistema de archivo, le explicó los horarios. y le presentó al personal clave, pero su mente seguía en aquella fotografía.

¿Cómo era posible? ¿Qué hacía su foto en el despacho del hombre más poderoso de la firma? Al salir del edificio, ya anochecía. Tomó el metro repleto de gente, luego un pesero que la dejó a tres cuadras de su casa en un barrio modesto al sur de la ciudad. Durante todo el trayecto, la imagen del marco de plata no abandonó su mente. Su casa era pequeña, pero acogedora. Sofía giró la llave con cuidado para no despertar a su madre si estaba descansando, pero la encontró en la cocina preparándote.

¿Cómo te fue, mi hijita? Preguntó Isabel, de 51 años, con una sonrisa que iluminaba su rostro cansado por la enfermedad. Bien, creo respondió Sofía dejando su bolso sobre la mesa. Isabel la miró detenidamente. Conocía cada gesto de su hija. ¿Qué pasó? Te noto rara. Sofía se sentó aceptando la taza de té que su madre le ofrecía. El licenciado Arteaga tiene una foto mía en su escritorio. La taza que Isabel sostenía se estrelló contra el suelo, rompiéndose en pedazos.

¿Qué dices? Susurró Isabel con el rostro repentinamente blanco como el papel. La foto del girasol, mamá, la que tienes guardada en tu caja, es exactamente la misma. Isabel se apoyó en la mesa como si sus piernas ya no pudieran sostenerla. Sus ojos, tan parecidos a los de su hija, se llenaron de lágrimas. No es posible, murmuró. No puede ser él. ¿Conoces al licenciado Arteaga?, preguntó Sofía, cada vez más confundida. Mamá. Isabel no respondió. Se levantó lentamente y caminó hasta su habitación.

Sofía la siguió observando como su madre sacaba una pequeña caja de metal de debajo de la cama con manos temblorosas. Isabel introdujo una llave diminuta en la cerradura y levantó la tapa. Dentro estaban los tesoros más preciados de su madre, cartas amarillentas, un mechón de cabello infantil, un anillo barato de plata y la fotografía, exactamente igual a la que descansaba en el despacho de Fernando Arteaga. Isabel tomó la foto entre sus dedos y la miró como si contuviera todos los secretos del universo.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.