“Hay algo que nunca te he contado sobre tu padre, Sofía”, dijo finalmente con voz quebrada por 26 años de silencio. “Es hora de que sepas la verdad. La noche caía sobre Ciudad de México y en una pequeña casa del sur, un secreto guardado durante décadas estaba a punto de salir a la luz, cambiando para siempre la vida de todos los involucrados. Sofía se sentó en el borde de la cama. Observando a su madre, que sostenía la fotografía con manos temblorosas.
Nunca la había visto así, tan frágil y asustada. Mi padre Sofía apenas podía pronunciar la palabra. Siempre me dijiste que murió antes de que yo naciera. Isabel negó con la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas durante 26 años. Era más fácil decir eso que explicarte la verdad, confesó en voz baja. Tu padre no murió. Sofía. Tu padre. Tu padre es Fernando Arteaga. El silencio que siguió fue tan denso que parecía un ser vivo en la habitación.
Sofía se levantó de golpe, como si la cama quemara. El licenciado Arteaga, “Mi jefe, no puede ser”, exclamó con incredulidad. “¿Cómo es posible? ¿Por qué nunca me lo dijiste?” Porque Fernando Arteaga me lo quitó todo, menos a ti”, respondió Isabel con una amargura que Sofía jamás había escuchado en su voz y temía que si lo buscabas también te perdería a ti. Isabel respiró hondo y comenzó a relatarle una historia que había mantenido enterrada durante más de dos décadas.
Yo tenía 24 años y trabajaba como empleada doméstica en la mansión de los Arteaga. En las lomas, Fernando acababa de casarse con Verónica Montero, hija de una familia adinerada, un matrimonio arreglado. Por conveniencia, él estaba construyendo su carrera como abogado y necesitaba los contactos de la familia Montero. Isabel se levantó y caminó hasta la ventana. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas. Su matrimonio era una farsa. Verónica lo sabía, Fernando lo sabía, todos lo sabían.
Continuó. Ella tenía sus amantes y él me encontró a mí. Al principio solo intercambiábamos miradas, luego palabras, después te enamoraste de él, concluyó Sofía. Y él de mí, o eso creí casi un año. Vivimos en una burbuja. Me regalaba libros, me enseñaba cosas. Hablábamos durante horas. Me hacía sentir que yo importaba, que no era solo la muchacha que limpiaba su casa. Isabel volvió a sentarse, esta vez sacando más cartas de la caja metálica. Cuando quedé embarazada, todo cambió.
Al principio, Fernando parecía feliz. Hablaba de divorciarse, de comenzar una nueva vida juntos. Hasta me llevó a tomar esa fotografía, la del girasol. Fue el día que me prometió que seríamos una familia. La voz de Isabel se quebró. ¿Qué pasó después? Preguntó Sofía sintiendo un nudo en la garganta. Verónica descubrió lo nuestro. No le importaba que Fernando tuviera una amante. Lo que no podía tolerar era el escándalo, que la gente supiera que su marido prefería a la sirvienta y menos aún que esa sirvienta estuviera esperando un hijo suyo.
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