sabría Verónica que ella estaba trabajando ahora en la firma. Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en una lujosa mansión de las lomas, Verónica Arteaga miraba pensativa por la ventana de su habitación. El chóer acababa de llevar a Fernando a casa después de un día largo en la oficina y algo en la conversación casual con el hombre había despertado su curiosidad. La nueva secretaria del licenciado es muy guapa”, había comentado el chóer. “Dicen que el licenciado se quedó como piedra cuando la vio.
Verónica dio un sorbo a su copa de vino después de 30 años de matrimonio. Conocía cada gesto, cada expresión de Fernando y sabía perfectamente cuando algo lo perturbaba. Sofía Méndez, murmuró el nombre que había escuchado. Me pregunto quién eres realmente. Con paso decidido, se dirigió al despacho privado de su marido. Tenía un presentimiento y sus presentimientos rara vez se equivocaban. Mañana haría una visita sorpresa a la oficina. Quería conocer personalmente a esa tal Sofía Méndez al otro lado de la ciudad, en su modesta casa.
Sofía finalmente tomaba una decisión mientras veía amanecer. No confrontaría a Fernando directamente. Primero lo observaría, aprendería sobre él, descubriría qué clase de hombre era realmente su padre y después, solo después, decidiría qué hacer con la verdad. La mañana siguiente, Sofía llegó a la oficina media hora antes. Necesitaba tiempo para prepararse mentalmente. Cada paso por aquel edificio de cristal tenía ahora un significado diferente. No era solo una empleada más. Era la hija secreta del hombre más poderoso de la firma.
Carmen la recibió con una sonrisa cansada y una taza de café. “Llegas temprano, muchacha. Buen comienzo”, comentó mientras le entregaba un folder. “El licenciado quiere que organices estos expedientes. Son casos importantes, así que ten cuidado.” Sofía tomó los documentos con manos firmes, aunque por dentro temblaba. “El licenciado ya llegó. Siempre es el primero, respondió Carmen. Nunca se casa, nunca tiene hijos, solo vive para este despacho y para complacer a esa mujer, su esposa, preguntó Sofía intentando sonar casual.
Carmen hizo un gesto de desdén. Doña Verónica, un témpano con joyas. 30 años de matrimonio y nunca los he visto darse un beso de verdad, bajo la voz. Pero no andes repitiendo eso si quieres durar aquí. Sofía asintió. Guardando esa información como un tesoro, comenzó a trabajar en los expedientes, sorprendiéndose de su propia eficiencia. Quizás era la adrenalina o quizás quería demostrar algo a él, a sí misma. A las 10 de la mañana, Fernando la llamó a su despacho.
Sofía entró con la espalda recta y el corazón desbocado. Buenos días, licenciado. Fernando levantó la vista de sus documentos. Algo en él parecía diferente hoy. Había dormido mal. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos. Siéntese, señorita Méndez. Carmen me dice que ha organizado los expedientes Montero en tiempo récord. Me gusta ser eficiente, respondió ella observándolo con nuevos ojos. Ahora podía ver el parecido. Sus mismos ojos grises, la forma de su nariz, ¿cómo no lo había notado antes? Hay un caso importante que requiere atención inmediata”, continuó Fernando sacando un expediente grueso.
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