Había algo familiar en ella, algo que despertaba un viejo recelo. Tomó su teléfono y marcó un número. “Necesito que investigues a alguien”, dijo en voz baja una tal Sofía Méndez. Quiero saber todo sobre ella, absolutamente todo. Las semanas siguientes transcurrieron en un extraño equilibrio. Sofía se adaptó rápidamente a su trabajo, demostrando una eficiencia que sorprendía incluso a Carmen. Fernando comenzó a asignarle tareas más importantes, confiando gradualmente en su capacidad. Tienes un don natural para esto? Le comentó una tarde mientras revisaban un contrato.
¿Has considerado estudiar derecho? Lo pensé”, respondió Sofía con cautela, pero las circunstancias no lo permitieron. Mi madre enfermó cuando estaba terminando la preparatoria. Algo cambió en la expresión de Fernando. Un destello de culpa, compasión. Es admirable cómo cuidas de ella”, dijo en voz baja. Estos pequeños momentos de conexión se volvieron más frecuentes. A veces Sofía sorprendía a Fernando observándola con una mezcla de curiosidad y algo más profundo, inidentificable. Otras veces era ella quien lo estudiaba a escondidas, buscando en él los gestos que pudiera haber heredado.
Pero esta aparente calma escondía una tormenta que comenzaba a gestarse. La primera señal llegó un lunes por la mañana cuando Sofía no encontró el expediente Valenzuela que había dejado perfectamente organizado el viernes anterior. “Lo dejé aquí mismo”, exclamó revisando frenéticamente los cajones. “Tiene que estar. ” Carmen se acercó preocupada. ¿Qué pasa, muchacha? El expediente Valenzuela desapareció. El licenciado lo necesita para la audiencia de hoy. La expresión de Carmen se tornó sombría. Revisa en el archivo muerto al final del pasillo.
Efectivamente, allí estaba el expediente mezclado entre documentos antiguos donde nadie lo buscaría. Sofía lo rescató apenas minutos antes de que Fernando lo solicitara. Qué extraño”, murmuró mientras lo entregaba a tiempo. “Yo nunca lo habría puesto allí. No fue un incidente aislado. Al día siguiente, alguien canceló una reunión importante sin notificar a Fernando y la culpa recayó sobre Sofía. Después, un documento crucial apareció con errores de transcripción que ella estaba segura de no haber cometido. Algo está pasando le confió a Carmen durante el almuerzo.
Alguien quiere que parezca incompetente. Carmen miró a su alrededor antes de responder en voz baja. Doña Verónica ha estado visitando el despacho más seguido desde que llegaste y siempre pregunta por ti. ¿Por qué le importaría yo? Soy solo una secretaria. Carmen levantó una ceja. Solo una secretaria que en menos de un mes se ha ganado la confianza del licenciado Arteaga. Pocas personas logran eso, muchacha, y a doña Verónica no le gusta compartir lo que considera suyo. Esa misma tarde, mientras organizaba el archivero, Sofía sintió una presencia detrás de ella.
Se giró para encontrar a Fernando, observándola con expresión indescifrable. “Licenciado, no lo escuché entrar. Señorita Méndez, ¿ha notado algo inusual últimamente? La pregunta la tomó por sorpresa. Debía mencionarle los sabotajes. No entiendo a qué se refiere. Fernando se acercó bajando la voz, los documentos extraviados, las reuniones canceladas, los errores misteriosos. Sofía sintió alivio. Él lo había notado. Pensé que creería que era mi culpa. Llevo 30 años dirigiendo este bufete. Reconozco un sabotaje cuando lo veo. Hizo una pausa.
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